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domingo, 30 de noviembre de 2008

Desarraigo vital.


La muchacha llevaba horas con la Carta Blanca en la mano.

Temprano en la mañana pasó por las oficinas de inmigración a recogerla. Esa carta era casi el trámite final para su salida legal del país.

Ahora que estaba a punto de lograr sus sueños, le temblaban las piernas. Sabía que ese temblor no lo provocaba el temor a salir de Cuba para un país extraño donde se habla otra lengua que hay que aprenderse de verdad si se quiere triunfar; tampoco lo provocaba el miedo al cambio, a lo desconocido, a vivir en un lugar donde no se tiene familia, ni amigos, solo un puñado de conocidos.

Ya había pensado y sopesado todo eso antes de lanzarse a la aventura de comprometerse con un casi desconocido ciudadano cubano-americano que le propuso matrimonio para ayudarla a salir del país.

Temblaba de miedo, por no saber cómo decirle a sus padres que había contraído un compromiso formal con José Alberto, el nieto de Andrea. No sabía cómo explicarles la forma en que obtuvo la visa de fiancé que la autorizaba a entrar a Estados Unidos y permanecer legal por tres meses en los que estaba supuesta a casarse legalmente con el novio que la reclamó. Novio que ella a penas conocía aunque se había acostado con él varias veces.

La decisión estaba tomada. La vida en Cuba se le hacía insoportable. Tenía 25 años y un titulo universitario. Recién había terminado su servicio social en la secundaria del pueblo Las Terrazas, en Pinar del Río.

Desde pequeña muchas veces se dijo a sí misma que no quería una vida como la de sus padres. Ambos profesores, profesionales con doctorados, quienes para poder comer todos los días tenían que "inventarla" fabricando lámparas con poliespumas y pedazos de botellas de vidrios de diferentes colores, escondidos por las madrugadas para que los vecinos no los vieran. Viviendo siempre con el temor de que Nina, la presidenta del CDR, a quien ya le habían regalado más de tres lámparas para mantenerla callada, un mal día los delatara con la policía. Ellos no tenían licencia para trabajar como artistas artesanos independientes. Cada vez que la solicitaban era la misma respuesta: "ustedes son profesionales, las licencias se las damos a los que no tienen trabajo, a los artesanos artistas".

¡Como si sus padres no fueran verdaderos artistas en eso de las lámparas y en las ventas a escondidas!" Ventas ilegales, que le permitían asegurar el pan de cada día y hasta la ropa y los zapatos...

Ella sentía que no había nacido para continuar con esa vida mediocre en un país donde no se puede ni hablar, y se vive con la angustia de tener siempre varios ojos vigilándote, rodeándote; con vecinos siempre pendientes hasta del olor que sale de tu cocina. Esa vida donde trabajas, horas y horas por un mísero salario en tu profesión que te gusta pero que no puedes ejercer libremente porque hasta para investigar hechos históricos ocurridos en el país antes y después de la Revolución, tienes que tener el permiso oficial del Partido Comunista, y si lo consigues, debes, periódicamente informar qué haces, qué has revisado, qué has encontrado y cuando crees que has logrado algo importante, viene la censura y le quitan y le ponen lo que ellos entiendan y luego te dicen que debes esperar , que no hay condiciones ahora para publicar tu libro porque todas las imprentas del país están muy ocupadas cumpliendo con sus planes quinquenales de publicaciones de libros de texto...

El deseo de irse del país la estaba rondando desde mucho antes de conocer a José Alberto. Lo había decidido desde que estaba en el pre, solo que no había tenido la oportunidad de hacerlo.

Con todas estas ideas que iban y venían y la tenían a punto de estallar en llanto, la joven se sentía acorralada. Pensaba en sus padres, ya viejos, cansados de trabajar toda una vida para nada.

Para ella la única solución que podría cambiarlo todo, era su salida del país. Estaba convencida de que una vez que estuviera en tierra norteamericana, tendría que trabajar fuerte, superarse, lograr estabilidad económica, hacerse ciudadana americana y para luego reclamarlos. Había calculado que estarían separados por un promedio de seis a diez años con la posibilidad de dos o tres visitas legales de ella a la Isla. En ese tiempo podían pasar muchas cosas, pero había que arriesgarse. Estaba muy convencida de que no vale la pena vivir en una tierra que no sientes como patria porque no respetan tus derechos humanos, en la que sientes tu dignidad violada constantemente y no puedes hacer nada para evitarlo porque es la herencia social que te ha tocado al nacer allí, donde todo está decidido de antemano por quienes ni siquiera conoces.

Lo había pensado durante mucho tiempo. Todo estaba bien calculado. Pero sentía que algo se desgarraba dentro de ella y ese algo estaba muy relacionado con sus padres.

Ellos tuvieron la oportunidad de irse cuando eran jóvenes, cuando ella no había nacido todavía.. No lo hicieron por amor a la tierra donde nacieron y porque creyeron que de verdad estaban construyendo una sociedad mejor.

Al igual que muchos, ellos también se creyeron el cuento de la nueva sociedad justa y equitativa. Cuando descubrieron la mentira, ya era demasiado tarde. El hombre nuevo se les escapó de las manos. Por suerte ninguno se parece al Che. El hombre nuevo cubano vive del "invento" o se lanza al mar en busca de libertad, libertad por la cual muchos han perdido sus vidas en el Estrecho de la Florida y en otras zonas de los mares abyacentes.

A estas generaciones de hombres nuevos les ha tocado crecer sin juguetes, sin ropas sin abrigos, sin comida y sin risas. Son unas cuantas generaciones sin voluntad propia, que han crecido escuchando y repitiendo las célebres frases: " esto cada día está peor, no hay quien lo arregle, pero tampoco hay quien lo tumbe". Frases condenatorias que conllevan a la resignación, a la inacción, al conformismo, al estatismo; frases propias de una sociedad en la que se vive con miedo porque no se sabe quien es el que está a tu lado, donde se sospecha de todos y de todo; sociedad fragmentada, dividida y enfrentada.

Cuando todas esas imagenes y razonamientos terminaron de desfilar por su mente juvenil, se levantó de la cama y se fue directo a hablar con sus padres.

Estaba hecha un manojo de nervios, escalofríos y temblores, pero tuvo el valor de mostrarles la Carta Blanca que llevaba en la mano; valioso documento, cual estandarte o llave mágica que le abriría todas las puertas...

Lástima que la muchacha en sus cálculos no tuvo en cuenta el dolor de la separación, ni la nostalgia que se adueña del que vive desterrado.

Tampoco calculó el sufrimiento y la agonía diaria de sus padres.

El dolor por la ausencia y por el derrumbe total de la familia..

Los años han pasado y las cosas nunca han sido como se imaginaron.

Los viejos solo la han visto en dos ocasiones, ni siquiera conocen a sus nietos.

Y lo peor, ya la hora final se anuncia en los papeles escritos por los médicos donde se menciona una enfermedad letal que les está tocando en la puerta...

Esperanza E. Serrano

martes, 18 de noviembre de 2008

"Soñar no cuesta nada"


"Soñar no cuesta nada"

Dicen que soñar no cuesta nada. Quizás por eso Aurelia se la pasa soñando con un turista rico que la saque de Cuba.

Nació en un humilde pueblo de campo, mas bien un batey de lo que antaño fuera un productivo central azucarero, y que ahora solo es la ruina de un pasado mejor.

La miseria del cada día obligó a sus padres a no tener otros hijos. Quizás por eso ella siempre se creyó princesa, aunque anduviera con los pies descalzos y la cabeza rapada para evitar los piojos que llenaban las paredes del aula en su escuelita perdida en el monte.

Cuando le llegó la adolescencia y tuvo que internarse en una escuela en el campo para continuar los estudios secundarios, con apenas doce años y ya la pubertad a flor de piel, conoció a Wilfredo; el profe de matemáticas que le enseñó, no los números y las ecuaciones que nunca le interesaron, sino el sexo libre y por la libre.El sexo que produce placer aunque carezca de sentimientos, aunque se sea una niña y todo parezca extraño.

Con doce años y sin haber tenido aun su primera menstruación, ya la linda Aurelia sabía tanto como cualquier meretriz de la antigüedad. A los catorce su profesor de historia, Clemente Hidalgo, un habanero cumpliendo el servicio social allá en el monte, le aseguró que ella era mejor en la cama que la misma reina Cleopatra..

Clemente se hizo amigo de sus padres y los convenció para que se mudaran para La Habana, porque allá les iría mejor. Sin muchos esfuerzos los ayudó a que dejaran todo por detrás para que aprovecharan el talento de la linda niña privilegiada. Estaba seguro que sería un buen negocio. Los turistas españoles, italianos, canadienses....pagarían una buena suma por unas horas con ella en un buen hotel de Cuba.

Cuando Aurelia cumplió los 16, el negocio iba muy bien. Clemente manejaba un carro remodelado quien sabe cuantas veces: un Chevrolet del año 1950, ahora pintado de negro y con algunas piezas plateadas muy brillosas que despiertan la envidia de cualquiera.

Con solo 16 años ya la otrora niña logró uno de sus sueños: acomodar a sus padres y que no les faltase nada. Ellos están felices, orgullosos de su hija.Viven en un apartamento pequeño allá en la zona del viejo Vedado. Apartamento que un turista italiano le dejó a la niña después de negociar con su dueña, una señora mayor que se iba del país la cual, ayudada por la jefa de la Dirección de Viviendas de La ciudad de La Habana, pudo violar las leyes para venderselo aunque en los papeles apareciera legalmente que se trataba de una permuta, de una casucha en un batey en un pueblo perdido en el interior de Oriente por un apartamento en el Vedado.
Maravillas del socialismo que despierta y hace posible la magia de los sueños de vivir en La Habana violando las leyes absurdas, usando los dolares para abrir las puertas cerradas, tumbar las murallas y burlarse de todos.

Aurelia se mira al espejo y se siente irresistiblemente atractiva. Sabe que es muy bella. Su cuerpo de gacela, su pelo largo, sus ojazos negros y la sensualiad que emana de la cadencia de sus caderas al caminar por las viejas y mugrientas calles de La Habana Vieja, que le quitan la respiración a cualquier hombre a cualquier hora del día o de la noche cuando ella pasa en su ir y venir en busca de clientes extranjeros, la estimulan a seguir soñando. Los piropos que le susurran al oído sus admiradores la mantienen viva en su empeño por alcanzar la libertad. Ya Clemente le molesta, ya no soporta que se quede con la mayor parte del dinero que ella gana acostándose con los viejos extranjeros que le dicen que ya está perdiendo facultades. Ya está llegando a la edad de las mujeres y ellos prefieren las niñas con caritas de ángeles y ojos asustados.

A Aurelia no le queda más que soñar con ablandarle el corazón a un buen turista, aunque sea un viejo muerto de hambre, para que se case con ella y la saque de Cuba... quiere librarse de las pesadillas del hambre pero sobre todo, de los tantos cuerpos sin rostro que han dormido con ella en los tantos hoteles exclusivos para extranjeros que circundan los cayos y playas de Cuba, cual trofeos de los tantos logros de la revolución castrista...

Esperanza E.. Serrano

martes, 11 de noviembre de 2008

Paloma, otro huracán.


Viviendas precarias de madera. Casas viejas que alguna vez fueron el orgullo de la ciudad de Santa Cruz del Sur, en Camagüey, Cuba. Casas que se construyeron con orgullo, con tesón desafiante como venganza de aquel ciclón de 1932 que se lo llevó todo y los dejó en la calle. Aquel histórico ciclón que se hizo famoso en todo el país por los daños que causó y que una década después algunos hasta se alegraron de su paso cuando estrenaban sus lindas casitas de madera techadas con tejas y pintadas con colores alegres, tenues, suaves, dando paso a un nuevo ciclo, a una nueva historia para los humildes habitantes del pequeño pueblo costero.

Nacieron nuevas generaciones y crecieron escuchando las historias del paso del ciclón. Las pérdidas humanas, los traumas psicológicos que sufrieron algunos que no pudieron recuperarse porque no encontraron resignación y consuelo para vivir sin sus seres queridos. Pero lo que más les gustaba escuchar a los niños y a los jóvenes eran las anécdotas de cómo de todas partes les llegaba la ayuda y cómo se unieron los vecinos para reconstruir el pueblo. Largas jornadas en las que se empataban los días y las noches trabajando duro en la construcción de las casas, las calles, el parque, en el perfeccionamiento de los acueductos y todos los servicios de la ciudad.

Cuando el pueblo quedó totalmente reconstruido, los vecinos le dieron gracias a Dios y a todos los que no los abandonaron y les hicieron sentir la solidaridad humana y el consuelo de que no todo estaba perdido.

¿Se repetirá la historia en Santa Cruz del Sur? ¿Se podrá levantar otra vez de sus escombros y renacer con la belleza y la alegría de hace casi setenta años? ¿Podrán los niños del presente contarle a sus hijos sobre heroicas hazañas de cómo recuperaron sus casas, sus juegos, sus ilusiones que les permitió crecer en la misma tierra donde nacieron? ¿ O tendrán que emigrar a lo desconocido buscando el pan que allí se les niegue?

Esperanza E. Serrano