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martes, 27 de enero de 2009

Sentada detrás de su ventana...


Sentada en su vieja poltrona, escondida detrás de las coloniales rejas, día a día, Sofía mira pasar los transeúntes.

A veces su mirada se pierde tras las viejas fachadas y ya sus ojos no ven nada de lo que pasa debajo de su ventana.

Se escapa por el largo camino de los recuerdos, de las cosas idas o vividas. A veces se le confunden las fechas, y siente que todo se repite día a día, como si el tiempo le jugara una mala pasada, como si se hubiera detenido en una larga jornada, en este lugar donde todo permanece estático y las gentes actúan como robots movidos por un discurso interminable , monotemático, informático, no cuestionable, aunque nadie lo entienda , porque es el discurso del monarcastro a sus súbditos; siempre ordenando más y más sacrificios y ya no hay formas de apretarse el cinturón sin que se desgarren las costillas.

Cincuenta años han pasado desde que los barbudos entraron a la ciudad prometiendo un cambio, declarando una revolución hecha por lo humildes, para los humildes y con los humildes. Los humildes que no tenían recursos para vivir decorosamente, creyeron que al fin les había llegado su hora, aplaudieron con entusiasmo y se dieron a la tarea de querer construir una sociedad nueva, en la que todos serían iguales con los mismos derechos y deberes ciudadanos, una Cuba sin prostitución, sin abusos de poder, sin discriminación. Pensaron que al fin lograrían ser parte importante en una sociedad cubana nueva, próspera, humana, libre, democrática, pluralista...

Sofía busca y rebusca y no encuentra que fue lo que se trabó en el intento, aunque desfilan día a día en sus recuerdos los primeros juicios, los paredones de fusilamientos, la renuncia del Comandante Hubert Matos, la desaparición de Camilo Cienfuegos, la alfabetización y su estribillo, las llamas que convirtieron la tienda El Encanto en cenizas… Playa Girón y la Crisis de los misiles, los alzados del Escambray y de la Sierra del Rosario y Julián, su hermano mayor, que se fue en un bote pesquero con su mujer y sus dos niñas pequeñas, y ella llorando por temor al mal tiempo, y sus dos pequeñas sobrinas tan contentas porque iban a conocer la nieve y ella se quedó llorando por el hermano, culpado de traidor, de gusano apátrida, el hermano y su familia condenados al destierro… Veinte años después cuando volvieron a encontrase en una visita de apenas unos días, se miraron como dos extraños, habitando mundos diferentes.

Los remotos primeros veinte años marcados por las tantas guerras en países en los que Cuba, a penas un punto en la geografía, era considerada como un faro y guía de América Latina, Asia y África por su cacareada “Gran derrota del Imperialismo Yanqui en América”. Uno de los países que se coló en la boca de todos los cubanos, fue Angola…

Para Sofía Angola es mucho más que un país de negros africanos. Angola es el recuerdo imborrable de su hijo Adriano…Las lágrimas se escapan involuntariamente. Sus pasos por el tiempo la llevan a la última vez que vio su rostro... Cuando partió con su uniforme verde olivo. Solo tenía diecisiete años y su cabeza llena de sueños. Quería que el servicio pasara rápido. Soñaba con el mar y con los barcos en los puertos. Adriano quería ser marinero mercante y recorrer el mundo para regresar a la isla cargado de regalos para todos. Pero Adriano se fue a la guerra, a cumplir una misión internacionalista y allá quedó su sangre derramada en vano. Al cabo de diez años le entregaron la cajita sellada, les dijeron que en ella venían los restos del muchacho.
Era una cajita pequeña, de madera forrada de negro. Era igual a las diez mil cajitas que llegaron de regreso a casa allá por los años 90, como última remesa de la guerra en Angola. Adriano no fue escogido para representar su ciudad en el cementerio donde descansan los restos de los mártires ilustres. Solo catorce de los diez mil muertos fueron enterrados en el mausoleo de los héroes. El pobre muchacho ni siquiera era militante de la juventud comunista de Cuba cuando perdió la vida en tierra extraña. Era uno más del montón, un joven adolescente muerto cumpliendo con su deber como recluta de siete pesos cubanos, enrolado por su edad, en el servicio militar obligatorio de Cuba. Adriano no era más que un pobre soldado raso de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, que por esa época estaba empeñada en librar guerras de liberación en tierras lejanas para exportar la revolución fidelista_ socialista, a los países de tres continentes: Asia, África y América Latina, unidos por su odio al desarrollo de las potencias capitalistas, y sobre todo, por su odio a Los Estados Unidos de América.

Sofía, como la gran mayoría, nunca ha comprendido que hacía Cuba mandando a sus jóvenes a pelear en tierras extrañas, cuando siempre se han necesitado brazos jóvenes para sacar la patria del estancamiento por los desastres económicos que desde 1959 vienen azotando fuerte…

Como un relámpago pasa ante ella el año del esfuerzo decisivo, seguido por el fracaso de la zafra de los diez millones… Aunque quiera no puede evitar pensar en Chile y en la libra de azúcar que les quitaron de la cuota, ya de por si escasa: seis libras por persona al mes, en un país hecho de azúcar, en solidaridad con el gobierno de Allende y aunque han pasado más de treinta y cinco años de los acontecimientos del Palacio de la Moneda, y hace ya muchos años que el dictador Augusto Pinochet entregó el gobierno de Chile a la democracia, esa libra de azúcar no regresa a la cuota, que se ha quedado ya reducida a cuatro desde el periodo especial de los años 90.

De nada vale que el agua con azúcar, caliente o fría, sea lo máximo para comenzar el día. Ella es ya parte de lo nuevo, se ha impuesto en contra de gustos y costumbres por la falta de pan, galleta mantequilla y una buena taza de café con leche… ¿Ya quién se acuerda que ese era el desayuno predilecto del cubano, si han pasado cincuenta años en lo mismo: en acostarse y levantarse pensando cómo alimentar el cuerpo que pide calorías variadas, nutritivas, y que se ha vuelto torpe por las carencias del cada día?

Tan torpe andan esos cuerpos que caminan como autómatas cargando una jaba plástica donde echan lo que encuentren, así sea en el latón de la basura de los barrios donde viven los que tienen mucho: los que compran en la shopping y no se sientan tras las rejas a ver pasar la muchedumbre deambulando por las calles en busca de comida.

Muchedumbre que no le importa lo que digan los papeles que recogen las absurdas leyes que la privan de los más elementales derechos humanos, leyes que de tan ambiguas y absolutas, declaran ilegales a los nacidos en los campos y ciudades de otras provincias, si se atreven a mudarse para un barrio de ¨”quita y pon”; de esos que abundan en los alrededores de la capital, donde hay niños que no tienen el derecho al litro de leche que le venden en la bodega a los otros, iguales a ellos por ser menores de siete años, que han tenido la suerte de nacer legales en La Habana.

Los ojos de Sofía están marchitos y agotados de ver tanta miseria en la que cinco décadas atrás era una de las zonas más alegre de La Habana: Prado y Neptuno, famosas además por el chachachá de Enrique Jorrín que la Orquesta Aragón inmortalizó con su titulo y estribillo: La engañadora.

Desde su vieja y destartalada ventana, Sofía mira y mira y aunque no encuentre nada nuevo, ella sigue fiel, como un vigía, oteando el horizonte, y aunque nadie entienda que mira una señora de setenta años detrás de su ventana, ella está ahí: firme, esperando para ser de las primeras, en ver lo que ha de llegar algún día, a pesar del discurso y de la monotonía que persiste en enterrarla aunque esté viva.

Esperanza E. Serrano