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martes, 21 de julio de 2009

Crimen hereditario


Jose Alberto Alvarez Bravo.

Roberto de Miranda y Soledad Rivas, al convertirse en padres, no sospecharon ni por un segundo, el peculiar destino que les esperaba a sus cuatro hijos. Menos aún, a los hijos de sus hijos.

Foto: Roberto y Soledad, julio de 2009. Por José Alberto Alvarez Bravo.

Elayde, Alexander, Marcos y Maikel, por su parte, jamás habrían imaginado el difícil curso que tomaría su situación, a consecuencia del "crimen" cometido por su padre, de negarse a hablar con palabras ajenas.

Veinte años de privación de libertad –como sanción principal- deben haberles parecido a los jueces del gobierno cubano, casi como una absolución. Una bicoca comparado con la "peligrosidad social" del horrendo crimen cometido por Roberto, junto a otros setenta y cuatro compatriotas.

Probablemente, la mayoría de los millones de exiliados cubanos tenga la posibilidad de visitar su tierra natal, con la excepción de quienes hayan cometido "crímenes" de esa especie. Los descendientes de Roberto y Soledad purgan una condena extrajurídica a destierro perpetuo, como sanción accesoria impuesta a su padre.

Aunque a muchos nos pueda parecer monstruosa esta situación, tal vez fuera plausible una explicación: la prole de Roberto se contagió de libertofilia, una enfermedad demasiado peligrosa para la salud de las dictaduras. Esta rara patología, en climas foráneos, exacerba su potencialidad de contagio, y la defensa es permitida.

Pero Cristabel y Marcos José sólo tienen cinco años, edad en la que todos somos inmunes a las enfermedades ideológicas. Y los dos cumpleaños de John Roberto los han "disfrutado" sus abuelos a través de fotografías.

La crueldad infinita de un régimen moribundo le endosa la sanción de destierro, a quienes todavía están muy lejos en el tiempo de ser penalmente responsables.

A los abuelos no les permiten salir del país, ni a los niños visitarlos.

¿Hasta cuándo tendrán que pagar por un "crimen" hereditario?


 


 

    

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