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martes, 25 de mayo de 2010

Carta pública a un general sin guerras

General Raúl Castro:

A Usted debiera profesarle doble respeto: como general y como estadista; pero si lo trato de Usted es por consecuencia a la mínima educación recibida durante mi vida, porque para mí Usted no es ni general ni estadista.

De creerle a la historia extraoficial, en la guerra que Usted libró en el II Frente Oriental, antes de 1959, solo tuvo como oponentes a campesinos inermes.

Luego de su arribo al poder perpetuo, Usted, rodeado de su oficinesco generalato, se ha dedicado a guerrear contra las manifestaciones de descontento popular, contra la inextinguible obsesión migratoria del pueblo cubano, -en especial del “hombre nuevo”- contra los valores culturales y antropológicos de la nación cubana, -bajo el espurio argumento de ser “reminiscencias burguesas”- y contra la otrora sólida economía nacional.

Después de autoelegirse “presidente” de Cuba, sus esfuerzos castrenses se han reorientado hacia otros escenarios. Las Damas de Blanco han caído, de manera permanente, en su insensible colimador. También la blogósfera contestataria ha conocido del accionar de sus matones.

Aunque de manera compartida, Usted lleva más de medio siglo en el poder. ¿Cuántos años más necesita permanecer al frente de un pueblo que lo detesta para sentirse satisfecho?

Comprendo que quizás esté esperando a que se produzca una verdadera guerra para probar su valor, porque hasta el presente sus huestes solo han lidiado contra femeniles brazos, armados con gladiolos. Usted ha ordenado a sus hordas de malhechores agredir a mujeres indefensas, y esto solo es obra de ruines y cobardes.

Durante más de medio siglo, Usted y su hermano han blandido el látigo para imponer el miedo. Con estos medios nos han doblegado. Pero los tiempos han cambiado, y ya el pueblo se está cansando de vivir en el miedo y la mentira. Solo Ustedes, en su infinita soberbia, se muestran incapaces de percibirlo.

Si me fuera dable proporcionales un consejo, solo les diría: llenen sus valijas con los ensangrentados dólares impunemente robados al pueblo cubano y denles uso a los aviones de la escapada. Todavía están a tiempo. No deben olvidar a Ceaucescu.

Después de expresar libremente mi opinión, ni su ira ni mi destino personal importan. Impávido esperaré a sus esbirros. O a sus sicarios.

Si después de la heroica inmolación de Zapata tuviera Usted miedo a derramar mi sangre, le advierto que tampoco me arredran sus serviles togados, siempre dispuestos a enterrar vivos a quienes se atrevan a levantar sus voces entre tanto acatamiento.

Su sádica y tenebrosa policía política conoce muy bien mi identidad y localización, pero le adjunto mis datos para facilitarle la ejecución de su probable venganza:

José Alberto Álvarez Bravo, calle J # 104, 1er piso, apto. 10, e/ Calzada y 9, Vedado, Ciudad Habana


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