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jueves, 21 de octubre de 2010

¡Gracias papá! Sólo tú lo lograste...


Hoy no voy a escribirles ni de los Castro, ni de Chávez, les ofreceré un testimonio de como logré vencer un enemigo que estuvo en mi organismo haciéndome daño por más de 15 años: El cigarrillo.

Comencé a fumar a los 15 años, como miles de niños que la curiosidad nos tienta y nos escondemos para saber qué es eso que los adultos nos enseñan. En mi caso, fumé por primera vez en el Teatro Infante de mi querido Holguín, y la marca fue Kool mentolado, que era el que nos "distinguía". Luego experimenté con "Partagás", que se vendía en 10 centavos. Recuerdo que pensaba que el fumar me hacía más varonil y en mi ignorancia pensaba que el día que pudiera fumar libremente por las calles sería un verdadero hombre.

Corría el año 1955, había mucho respeto en la sociedad y el ver un niño fumando, además de ser un pecado, era un insulto a los adultos.

Nunca he olvidado esta pequeña anécdota: Mi tío Paco, era casado y tenía 30 años, fumaba tabacos, un día estábamos tres primos compartiendo con él, frente a la casa de nuestros abuelos. Paco fumaba uno de sus puros, sin darnos cuenta apareció su padre, al verlo se puso tan nervioso que se metió el tabaco en el bolsillo del pantalón y me dijo: "sobrino vete al frente y llámame rápido." Cuando llegó a mi lado, se sacó el tabaco de su bolsillo, estaba quemado y su muslo también. Ese era el respeto que sentíamos por nuestros padres en la Cuba añorada.

Encontrándome en el exilio comencé a fumar Winston. Llegué a consumir dos cajetillas diarias. Me estaba dando cuenta que ya era víctima de lo que había leído: "La nicotina produce una adicción similar al de otras drogas como la heroína o la cocaína, pero nada hacía por liberarme de esta situación.

Una noche me acosté más temprano de lo usual y me desperté a la una de la mañana y como siempre, fui de inmediato a encender un cigarrillo, encontrándome la caja vacía, me acosté, traté de dormirme pero no pude lograrlo. A esa hora de la noche me levanté, me puse la ropa y fui en busca de satisfacer mi vicio. En Arecibo, Puerto Rico, donde resido, no había en esa época donde adquirirlo. Pensé en el único lugar que podría estar abierto, El Algibe, en el barrio Santana, que era un negocio donde vendían licores que estaba como a 15 minutos de mi casa. Nada me detenía, perdí más de dos horas de descanso pero al fin pude conciliar mi sueño.

Al otro día no se me quitaba de la mente lo ocurrido la noche anterior. Me empecé a indignar conmigo mismo. No podía creer lo absurdo de mi comportamiento. ¿Cómo era posible que algo tan pequeño me estuviera dominando de esta forma? ¿Por qué continuaba con este vicio que le hacía daño a mi salud y a mi bolsillo? Reflexioné, llegué al convencimiento que algo tenía que hacer para dejar este vicio dañino que es la principal causa de muerte del cáncer pulmonar. Más del 87% de los casos están relacionados con los agentes químicos del humo de los cigarrillos. Me preguntaba: ¿Cómo lo hago?, ¿Tendré fuerza de voluntad para lograrlo? Comencé a intentarlo. Primeramente, usé unas píldoras que anunciaban que eran una maravilla, pero no funcionaron. Probé con unas gomas de mascar, no me resultaron. Traté reduciendo la cantidad, pero sólo pude bajar a una de las dos cajetillas que consumía. Usé otras cápsulas y sólo obtenía un gran malestar en todo el cuerpo. Habiendo fracasado con todo lo anterior decidí usar mi fuerza de voluntad, sabía que era difícil pero tenía que intentarlo, ya estaban apareciendo estudios que afirmaban el daño que hace la nicotina y los estudios revelaban que a pesar de los múltiples tratamientos como la cirugía, la quimioterapia y la radiación, sólo el 15% de los casos logra sobrepasar los 5 años de vida una vez que el cáncer ha comenzado a consumir los pulmones. Había leído también que cada año el 75% de los fumadores deciden dejar el vicio y lamentablemente, sólo el 5% lo logra.

En la despedida de año del 1969, me hice el propósito de dejar de fumar y lo logré por unos meses, hasta que mi padre se enfermó gravemente y todos los días después de cerrar el negocio, viajaba con mi esposa y mis dos pequeños hijos a San Juan para ir ayudar a que mi hermana y mi madre pudieran descansar un poco. Allí me encontraba con mi cuñado y mi hermano, ambos fumadores empedernidos, compartía con ellos y ante la ansiedad y la tristeza de ver a mi padre como se iba deteriorando, languideciendo, sin darme cuenta tenía nuevamente un maldito cigarrillo en mis labios.

Mi padre murió el 19 de octubre de 1970. En la funeraria, recibiendo el consuelo de familiares y amigos me fui al féretro y hablé por última vez con él, le di las gracias por todo lo que en vida me había brindado, sobre todo por su amor y su enseñanza de hombre honesto, digno y trabajador, y le hice mi última petición: "Dame padre mío fuerza de voluntad para no fumar jamás." Esa noche juré no fumar nunca más.

Hoy, 19 de octubre del 2010, doy gracias a mi padre por haberme ayudado, después de haber fallecido, a lograr lo que solo no pude. He cumplido 40 años libre de este terrible vicio que es la causa de miles de muertes anualmente.

Hasta aquí mi testimonio, sólo me resta dirigirme ahora a los que aún persisten en fumar para decirles que vi morir a mi suegro y su hijo, ambos de cáncer en la garganta. Los dos fueron fumadores por más de 40 años. La esposa de mi mejor amigo puertorriqueño murió de cáncer en los pulmones, recuerdo que cuando le diagnosticaron la enfermedad todos quedamos estupefactos cuando vimos en las placas sus pulmones plagados de nicotina. Había sido fumadora por varias décadas.

Amigo fumador, me disculpas, perdona que insista, pero piensa que con toda la evidencia que contamos en este siglo 21 no es prudente que sigas invadiendo tus pulmones de nicotina. Sin embargo, es tu derecho, y si decides seguir exponiéndote a morir de cáncer, por favor, por piedad, no fumes cerca de tus seres queridos.

Delfín Leyva.

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