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sábado, 13 de diciembre de 2008

Sueños de navidad


Aquella mañana Laura salió más temprano que de costumbre. Miró el reloj: eran las cuatro de la madrugada. A pesar de los ejercicios de calentamiento y del baño, todavía tenía sueño. El aire frío de la madrugada la obligó a regresar a la casa, necesitaba abrigarse un poco. Al parecer el invierno llegaba temprano este año. Sacó el abrigo del closet. Lo miró con cariño. Estaba un poco gastado de las tantas lavadas, pero todavía se podía usar. Se sintió feliz. Pocas podían contar con un abrigo como aquel, que aunque viejo, todavía resolvía. Muchas ni eso tienen: un viejo abrigo para protegerse de los escasos aires invernales que cuando llegan a la isla, le erizan los pelos a cualquiera.

La muchacha camina con pasos firmes, sin preocupaciones ni miedos a pesar de la hora. En el vecindario todos la conocían. No había nada que temer. Ella ya llevaba tiempo caminando por las madrugadas a buscar la mercancía. Manuel le garantizaba los cartones de huevos cada vez que llegaban a la carnicería. Era un negocio redondo, a la mitad, entre los dos. El separaba los huevos y ella se encargaba de recogerlos y venderselos a sus clientes. Gente de confianza que le pagaban bien, sin regateos, clientes fijos desde hacía más de diez años.

Después de los huracanes las cosas estaban más dificiles de conseguir. La escasez había aumentado considerablemente, así como los riesgos ya que la persecución también había aumentado. Al que cogieran "in fraganti, nadie le quitaba de arriba unos cuantos años en la cárcel. Pero valía la pena arriesgarse para conseguir unos cuantos dolares para cubrir los gastos de las necesidades más elementales.
Laura calculaba mientras caminaba. La docena de huevos estaba a $10.00, si lograba sacar todos los que Manuel le había separado, podría darse el lujo de celebrar las navidades con sus padres y sus dos pequeños. Quien sabe si hasta le alcanzaría para comprale un juguetico a cada uno de sus hijos.

Laura pensaba en su hijita de cinco años que nunca había tenido ni siquiera un osito de peluche de verdad, ni un solo juguete de fábrica... y el niño, con sus tres añitos, sólo conocía los juguetes de palo que su tío Ramón le regalaba.
Con nostalgia recordaba su infancia. Antes, no hacía tanto, por los menos una vez al año vendían juguetes por la libreta para los niños menores de doce años. Aunque ella nunca conoció de Los Reyes Magos ni de Santa , al menos tuvo una muñeca china y dos Loretas cubanas que su mamá le consiguió después de varios días de colas. Una por cada año en que tuvieron la suerte de estar entre los primeros grupos de compra con la letra A.
"Total, _pensó _ tanto que las cuidé y terminé regalándoselas a mi sobrinita sin pensar que un día tendría una hija. Si lo hubiera pensado bien, mi hija hoy tuviera con que jugar. Ella no tiene una tía, ni nadie, que le regalara sus muñecas usadas."

Cuando dobló la esquina vio dentro de la shopping un arbolito de navidad. Le pareció bellisimo, con sus luces de colores intermitentes, sus bolas de cristal, su estrella de colores allá en la punta, casi tocando el techo. Se detuvo a contemplarlo fascinada. No sabía por que los arbolitos de navidad le hacían pensar en cosas prohibidas: en los turrones de Jijona y el mazapán que su madre siempre mencionaba cuando llegaba esta época del año. También le venía la imagen del puerco asado en púa que solo había visto en fotos de familia, de cuando se celebraban las navidades en Cuba.

_ "Este año si que será dificil que alguien pueda asar un puerco entero, como están
las cosas, cuando más, si se consigue, habrá que conformarse con un pollo para todos", pensó. Este pensamiento la hizo volver a la realidad. Tenía que apurarse todavía debía caminar un par de cuadras más para llegar a donde Manuel la estaba esperando con los huevos, ya estaba casi amaneciendo y no le convenía que la vieran con el maletín. Los curiosos le preguntarían si se iba de viaje o si regresaba de alguna visita. Se alejó de la vidriera con el firme propósito de traer a los niños por la noche para que vieran el arbolito. A lo mejor hasta les inventaba alguno para que aprendieran a celebrar la navidad y no le pasara como a ella, que creció sin arbolitos y sin canciones navideñas.

Laura caminaba de prisa sin dejar de pensar ..."Las vueltas que da la vida,_ se decía_ tuve hasta más de tres juguetes al año, y un televisor ruso en blanco y negro con Elpidio Valdés y el payaso Ferdinando que daba más deseos de llorar que de reir pero no tuve arbolito, ni navidades, ni reuniones familiares con un puerco asado en pua, ni turrones de Alicante ni de Jijona..."

Sus hijos nacieron en una época en que ya no le venden ni tres juguetes al año a cada niño por la libreta. Solo por dolares se consiguen en la Shopping y están carísimos. Pensó en su salario de maestra. No le alcanzaba ni para empezar, mucho menos para gastos extras por las navidades aunque fuera una vez al año. Si quería darle de comer a sus hijos y a sus padres, no le quedaba mas alternativa que seguir traficando con las cosas robadas que le traían sus amigos y compañeros de estudios y de trabajo. La pensión de retiro de los padres más su salario no llegaban a $30.00 al mes. Con eso no hay quien viva, sobre todo cuando hay niños pequeños. Pensó en Andrés, el padre de sus hijos. Unas lágrimas se le escaparon sin que pudiera evitarlas. Hacía tres años se había lanzado al mar en una balsa con la idea de reclamarlos.

Apuró el paso. Cambiando de pensamiento volvió a sus cálculos: "Para celebrar estas fechas navideñas hay que inventar de verdad. Los turrones cuestan muy caros. Tendré que escoger entre un turrón o un pedazo de puerco...Deja ver como sale el negocio de los huevos... A lo mejor Tico me puede traer las cajas de tabaco Cohiba que le encargué para vendérselas al tío de María que vino de Estados Unidos y quiere llevarse tabacos cubanos de calidad.."

Al fin llegó hasta el patio del viejo almacén que se comunicaba con las ruinas de lo que antaño fue el teatro municipal, y que ahora era el punto preferido de los traficantes para recoger las mercancías que luego venderían a escondidas sus clientes. Se tropezó con Fulgencio que salía apurado con una jaba llena de sobres de café. Se saludaron con una sonrisa y un guiño cómplice, sin detenerse.
La muchacha pudo distinguir en la penumbra la silueta de Manuel con el maletín.
Apresuró el paso hasta llegar a él. Lo saludó con la sonrisa de siempre. El le reclamó que llevaba horas esperando por ella, que se estaba arriesgando para ayudarla, que la cosa estaba muy delicada que tuviera cuidado al salir, y que acabara de cumplir lo que le había prometido. Volvió otra vez con la cantaleta de siempre y con las mismas mañas de toquetearla un poco, le dijo que tenía deseos de estar con ella, que se acabara de decidir, que la esperaría por la noche en uno de los cuartos que su amiga Luisa alquilaba para esos menesteres en su propia casa. Para recordar los viejos tiempos. Solo que esta vez, si le fallaba, se acabarían los huevos, los pollos y la carne que le conseguía. La muchacha agarró el maletín, le pasó la mano por la cara y le dio un ligero beso en los labios. Lo miraba zalamera mientras le decía:
_ "Lo que tú quieras, papito. Si le puedo dejar los niños a mi mamá, allí estaré a las nueve. No te olvides de llevar música y una botella de Habana Club. Piensa en lo que le inventarás a tu mujer porque esta vez quiero pasar la noche entera contigo. Si es por un ratico nada más, y apurado, no hay trato. Tú sabes que yo, cuando me embullo, me gusta a lo grande, y no de corre corre."
Siguió mirándolo coqueta y picarona, por un par de minutos mientras él se volvía todo nervios y balbuceos. Le dio otro beso de despedida mientras le acariciaba el pecho con zalamería femenina.
Por experiencia sabía que él no iría a casa de Luisa. Juana, su mujer, era demasiado celosa o lo conocía muy bien y no le permitía dormir fuera del hogar. Estaba más que segura que las cosas no pasarían de ser, si acaso, un deseo reprimido de parte de él..Quien sabe si el decía esas cosas por pura costumbre machista típica del cubano que piensa que debe enamorar a cuanta mujer se le para delante y más en un caso como el de ellos que tuvieron una relación de años cuando ambos no tenían hijos ni estaban casados.

Afuera la luz del alba se iba adueñando de todo. Laura salió precipitada del teatro cruzó la calle y dobló en dirección contraria a su casa. A ultima hora había decidido repartir primero la mercancía, aunque tuviera que faltar al trabajo. Recorrió los puntos entregando los encargos apresuradamente. Intencionalmente dejó para el final a la Dra. Rosa. La gente la vería salir de su consultorio. Eso podía ayudarla en caso de que alguien dudara de su "enfermedad". Con la Dra. no había problemas. Si le dejaba los huevos en $9.95 seguro que le daba un papel de justificación para presentarlo en la escuela. Por un momento pensó mejor pedirle un certificado de reposo por una semana aunque tuviera que rebajarle cincuenta centavos a cada docena de huevos, pero no, imposible, esta vez tenía que conformarse con la justificación del día. No podía darse el lujo de perder ni un centavo más en el negocio. Pensó en sus alumnos. Otro día más que pasarían con la auxiliar de limpieza, sin recibir clases y haciendo cualquier cosa. A lo mejor tenían suerte y los llevaban para el museo o para el parque a jugar. "Allá la escuela que se las arregle como pueda". Luego continuo con su soliloquio:
"Si pagaran mejor yo no anduviera en estos rollos. Estaría todavía en mi cama acurrucada, sin este frío que me cala los huesos, sin estos huevos que me traen sofocada y sin esta angustia de no tener ni un quilo para celebrar la navidad aunque sea una vez en la vida, como se hacía antes, para que nadie me cuente, y para que mis hijos vivan la ilusión de que existen tres Reyes Magos que una vez al año recorren las calles del pueblo, entran en las casas con sus sacos llenos de juguetes para dejarles regalos a los niños buenos".

Mientras caminaba con la mente ocupada en las navidades y en los Reyes Magos se olvidaba de todo... Como de costumbre, tocó en la puerta del consultorio para dejar los últimos cartones...Solo que esta vez llegó en un momento demasiado inoportuno. Adentro dos policías estaban haciendo un registro. Alguien le había informado a la jefatura de la unidad que en el refrigerador del consultorio la Dra. tenía pomos de puré de tomate, hecho en casa, para venderselos a sus pacientes a precios del mercado negro.

Esperanza E. Serrano
Dic.. 2008

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