martes, 17 de febrero de 2009

Desde acá, del otro lado del mar


Hace unos días mi hija Julia regresó de Cuba. Tal como habíamos quedado, la fui a recoger al aeropuerto de Miami. La noté muy cansada y extremadamente triste. Sus ojos habían perdido el brillo que los caracterizaba antes de su partida. No quise ser indiscreta, por lo que no le hice preguntas. La conozco muy bien. Por su mirada triste y perdida sabía que otra vez había caído en un estado depresivo.
Le mostré mi alegría de tenerla de regreso. La mime como hacemos las madres cuando vemos a nuestros pequeños pasando un mal rato. La llevé a almorzar a un restaurante de comidas cubanas. A pesar de que la comida estaba deliciosa, Julita a penas probó los frijoles negros, el arroz y el bistec de palomilla que había pedido. Tampoco se comió el flan de leche, su dulce preferido. Todo esto, unido a su mirada triste y su silencio prolongado, me tenían muy alarmada. Traté de animarla un poco hablándole de cosas comunes que nos atañen a las dos; le conté de lo mucho que la extrañé en esos quince días que estuvo por allá. Al ver que no me prestaba mucha atención, guardé silencio, esperando por ella. Sabía que en cualquier momento me contaría los detalles de su visita a Cuba.
Hicimos el viaje de regreso a casa sin intercambiar palabras. Coloqué en el CD Player del carro, el último CD de Billy Joe que ella me regaló por Christmas. Mientras conducía, tarareaba las melodías y las letras un poco a mi manera y lo suficientemente bajo para no molestarla. Ella mantenía su cabeza ladeada, aparentemente miraba el paisaje que bordea la ruta 41 a ambos lados del camino que atraviesa los Everglades. Sabía que su mirada estaba ausente, porque su pensamiento estaba más allá de la Florida...
Hace ocho años que salimos de Cuba. Allá quedaron mis suegros, sus abuelos paternos a los que ella siempre ha querido mucho. Ellos la cuidaban cuando era pequeña, mientras su padre y yo trabajábamos largas jornadas en una escuela en el campo. Fueron ellos también los que la cuidaron cuando era una adolescente y nosotros seguíamos ocupados en buscar el sustento para toda la familia.
Era muy joven cuando salimos de Cuba, apenas había cumplido los dieciocho años. Ella no sabía nada de nuestros planes. Por precaución y para no preocuparla no le contamos nada hasta el último momento. La sorprendimos la noche que nos escapamos en el barco pesquero que capitaneaba mi primo Alberto. Eran las tres de la madrugada cuando nos montamos en el jeep que nos llevó al puerto donde estaba anclado el barco. Ella estaba semi dormida, creía que salíamos de pesca clandestinamente. Protestaba molesta porque quería dormir. Solo cuando estuvimos seguros en altamar nos sentamos a conversar con ella. Al principio no lo creía, pataleo y lloró queriéndose lanzar al mar. Lloraba por sus abuelos, por su novio, por sus primos, sus tíos sus amistades, lloraba por todo lo que se quedaba atrás. Fue dura la partida y más dura aun para ella que no entendía nada sobre el por qué nos fugábamos de nuestra patria.
Los primeros años aquí fueron muy duros para todos, sobre todo para ella que no dejaba de pensar en sus abuelos y en sus primos cada vez que comíamos algo que a ellos les gusta, como las golosinas, la leche, los chocolates, las carnes, las ensaladas...
Romper la barrera del idioma tampoco fue fácil para ninguno de nosotros, pero lo logramos con dedicación, sacrificios y mucha tenacidad. Gracias al esfuerzo de esos primeros años, hemos podido avanzar económicamente.
Tan pronto tuvimos un dinero disponible invitamos a los abuelos para que vinieran para acá. La invitación se la pasamos con la idea de que se quedaran definitivamente. Al cabo de once meses ellos decidieron regresar. Ambos son personas mayores que han vivido toda su vida en su casita colonial en el municipio Playa, en Matanzas, cerca de las Cuevas de Bella Mar. Nos costó trabajo entenderlos, pero tuvimos que aceptar y respetar sus decisiones. Julita quedó muy deprimida con la separación de sus abuelos. Le prometimos que haríamos todo lo posible para que ella pudiera visitarlos todos los años, aun cuando tuviera que hacerlo violando las restricciones impuestas por el gobierno norteamericano.
Su primer viaje a Cuba lo estuvimos preparando por casi un año para reunir el dinero suficiente para que pudiera llevarle al menos un presente de valor a cada uno de nuestros seres queridos que viven allá, incluyendo sus amistades de la infancia y de la adolescencia, y muchas de nuestras amistades también. Ella partió con mucha alegría, muchos sueños y muchos gastos adicionales por el exceso de libras permitidas, más los pagos de impuestos de aduana de aquí y de allá.
La alegría de Julita por su viaje a Cuba, compensaba todo el sacrificio que hacíamos para reunir el dinero de los gastos para que ella pudiera compartir ampliamente todo lo que quisiera con la familia y con las amistades.
La tristeza reflejada en su rostro a su regreso, para mí, que nunca he visitado a mi tierra desde que salí de allá, era una gran incógnita. La ansiedad me devoraba mientras ella seguía impasible sin siquiera deshacer su pequeño equipaje…
Al cabo de tres largos días, mi hija rompió su silencio. Pausada, con una voz cargada de emociones encontradas, comenzó a hablar:
_ “Mami, si tú ves cómo está Cuba, te mueres. Matanzas está destruida. La gente vive en unas condiciones infrahumanas increíbles. No vas a creer nada de lo que te diga hasta que no veas las fotos y los videos. Te vas a sorprender cuando veas a mis abuelos, a mis primos, a mi amiga Susana y sus dos niños; a Cuca, la abuela de Eduardo, y al mismo Eduardo, tan lindo que era y ahora está que parece que me lleva un montón de años. Se ha vuelto un alcohólico. Se ha divorciado dos veces y hasta le faltan los dientes. No sabes cuánto me impresionó verlo así. Yo que tanto lloré cuando llegué aquí por lo mucho que lo extrañaba, yo, que todos estos años he vivido con la ilusión de un reencuentro con él, siento que algo muy lindo se ha roto dentro de mí.
“.. Cuando lo vi así, tan destruido, tan equivocado de la vida, tan perdido, reclamándome por haber venido para acá y según él por haber traicionado a la revolución... Si lo hubieras escuchado hablándome en un tono machista, haciéndome sentir mal mientras casi me exigía que le comprara botellas de Habana Club de las más caras que venden en los mercados donde no se paga con dinero cubano. Si hubieras escuchado las cosas que me decía, no sé lo que pensarías... Me reclamaba como si tuviera derechos sobre mí. Como si por el hecho de que fuimos novios por más de tres años cuando vivíamos allá, ahora yo tenga que hacer lo que él diga. Parece que como todos estos años me he mantenido escribiéndole a su abuela y al tanto de todo lo de su vida, él piensa que eso le da derechos sobre mí. Qué trabajo me costó quitármelo de arriba”...
Mientras mi hija hablaba, yo la observaba en silencio, sintiendo como le temblaba la voz y mirando cómo sus manos trémulas nerviosamente abrían y cerraban el pequeño maletín, como si tuviera miedo de mostrarme las fotos, o entregarme las cartas o tal vez inconscientemente no quería hacerme partícipe de su dolor y por eso quizás demoraba tanto en mostrar las imágenes fotográficas que había traído de Cuba.
Guardó silencio por unos minutos que para mi representaron casi un siglo, ya yo estaba a punto de lanzarme a abrir el maletín para sacar las cosas. A duras penas me contuve... Al fin ella prosiguió...
_”En los quince días que estuve allá, apenas pude compartir con mis abuelos, mis tíos y mis primos. El día entero y casi toda la noche la casa permanecía llena de gente. A veces había más de treinta personas sentadas haciendo cuentos de doble sentido, riéndose a carcajadas con un lenguaje callejero que yo ni entendía. Con todos los que estaban allí a la hora de la comida compartíamos lo que mi tía Aida preparara. Muchas veces me quedé sin comer porque por mucho que ella cocinara, no alcanzaba para todos los que iban llegando sin anunciarse. Mis tías no paraban atendiendo a todo el mundo. El fogón no se apagaba y el refrigerador a penas enfriaba de las tantas veces que se abría la puerta para sacar agua, refresco o cualquier cosa. Terminé comprándoles una nevera a mis abuelos para que por lo menos hubiera hielo.”
”Gente que yo ni conozco, otras que ni me acordaba de ellos, pero que dicen ser amigos de ustedes, me besaban en la cara y me daban fuertes abrazos para luego pedirme dinero, o que antes de irme le dejara lo que yo traía puesto en ese momento. ¡Ay, mami! ¡qué dolor me dio ver en la forma en que se vive en Cuba!...
“La gente no trabaja. A cualquier hora del día están los portales y hasta algunas calles, llenas de gente jugando dominó, tomando cerveza o ron casero, haciendo cuentos, escuchando música... Es como ver a un pueblo de gente idiotizada que se ríe burlándose de todo mientras se matan buscando algo que comer o buscando cómo inventar para ganarse unos dólares clandestinos para poder comprar en el mercado lo que no les venden en las bodegas o en las tiendas de productos que se pagan con dinero cubano. Esas tiendas están vacías mientras en los mercados o shopping hay de todo como en cualquier tienda de aquí, solo que hay que pagar con CU y los precios son altísimos. Mi primita Rachel se antojó de un relojito pulsera chino, de esos que abundan en los Dollars Store de aquí, Imagínate que el relojito aquel me costó $30.00. Si llego a saber eso, hubiera comprado unos cuantos aquí por ese mismo dinero y se los hubiera llevado.”
“Lo que de verdad da dolor es ver como se vive allá, sin aspiraciones de nada, detrás de lo que se les puede “pegar” como dicen ellos mismos tan pronto entran en confianza. El día que fuimos a las Cuevas de Bellamar aquello parecía una comitiva, te digo, de gente que yo ni conozco. Ellos se invitaron solos. No me dejaban ni caminar. Todos querían ser mis guías, como si se les hubiera olvidado que crecí correteando por esas cuevas. Al principio yo me sentía molesta extraña, hasta que me di cuenta que ellos lo que querían era almorzar con nosotros en el restaurante. Ese día me gasté en el almuerzo casi $300.00, éramos más de 25, pero no me pesa. Ellos se comieron aquella comida fría con un gusto como si fuera lo mejor del mundo.”
“¡Que hambre hay en Cuba, mami, y como la gente inventa para poder comer, aunque sea una cajita con congrí, yuca y unos trocitos de carne de puerco! Eso es un lujo allí.”
“El día que fuimos a Varadero no pudieron ir todos, porque no cabíamos en los carros...La playa sigue siendo tan linda como siempre, te diría que es lo único realmente bello que queda de los lugares de mi infancia. Ese día la pasé bastante bien, nadando y conversando con un poco de privacidad con mis primas cuando estábamos en el agua. Ese día nos fuimos antes de que llegara Eduardo, creo que por eso la pasamos mejor..."

Cuando llegó a este punto, abrió el maletín, sacó la cámara, la instaló a la PC y luego comenzó a mostrarme las fotos. Me costó trabajo reconocer a mis cuñadas, antes tan bonitas y elegantes y ahora me parecían mayores que yo. Mi suegra parece un cadáver con piel, mi suegro se ve un poco mas llenito que ella pero de cualquier manera se ve destruido...en la medida en que iban desfilando todos mis seres queridos por la pantalla del monitor, un nudo me apretaba la garganta. A todos los veía muy desmejorados. Me cuesta trabajo entender por qué siempre que llamamos allá, me dicen que están bien si yo los veo tan destruidos, a pesar de que siempre los hemos ayudado mandándoles algún dinero, ropas, medicinas y cuanto nos pidan. Si ellos, que tienen nuestra ayuda y la de mi cuñado, si ellos que todos los meses reciben dinero de aquí, están así, ¿cómo estarán los otros, los que no tienen ayuda de nadie? Pensando en los pobres infelices empezaron a desfilar ante mi vista las imágenes del pueblo. Que feo luce el lugar. Todo se ve sucio, gastado, gris. La mayor parte de las casas coloniales están destruidas o han sido sustituidas por otras construidas rústicamente con piezas de hormigón prefabricadas, parecen cajas de cartones descoloridas. Las pocas casas coloniales que quedan están casi en ruinas, algunas están apuntaladas, a punto de derrumbarse. Las aceras y las calles están llenas de baches y de huecos, pero es como dice mi hija, la gente camina de un lado para el otro, como zombis sonriendo ante tanta miseria.
Después de escuchar a Julita pude entender su mirada y sus lágrimas furtivas.
La Matanzas que nosotros conocimos o quizás la que hemos conservado en nuestra memoria, no existe, o tal vez somos nosotros los que hemos cambiado y ya no encajamos en esas imágenes cargadas de desencanto, miseria, y dolor... Dolor que también sentimos, pero desde otro angulo, desde acá, desde el otro lado del mar.

Esperanza E. Serrano

martes, 27 de enero de 2009

Sentada detrás de su ventana...


Sentada en su vieja poltrona, escondida detrás de las coloniales rejas, día a día, Sofía mira pasar los transeúntes.

A veces su mirada se pierde tras las viejas fachadas y ya sus ojos no ven nada de lo que pasa debajo de su ventana.

Se escapa por el largo camino de los recuerdos, de las cosas idas o vividas. A veces se le confunden las fechas, y siente que todo se repite día a día, como si el tiempo le jugara una mala pasada, como si se hubiera detenido en una larga jornada, en este lugar donde todo permanece estático y las gentes actúan como robots movidos por un discurso interminable , monotemático, informático, no cuestionable, aunque nadie lo entienda , porque es el discurso del monarcastro a sus súbditos; siempre ordenando más y más sacrificios y ya no hay formas de apretarse el cinturón sin que se desgarren las costillas.

Cincuenta años han pasado desde que los barbudos entraron a la ciudad prometiendo un cambio, declarando una revolución hecha por lo humildes, para los humildes y con los humildes. Los humildes que no tenían recursos para vivir decorosamente, creyeron que al fin les había llegado su hora, aplaudieron con entusiasmo y se dieron a la tarea de querer construir una sociedad nueva, en la que todos serían iguales con los mismos derechos y deberes ciudadanos, una Cuba sin prostitución, sin abusos de poder, sin discriminación. Pensaron que al fin lograrían ser parte importante en una sociedad cubana nueva, próspera, humana, libre, democrática, pluralista...

Sofía busca y rebusca y no encuentra que fue lo que se trabó en el intento, aunque desfilan día a día en sus recuerdos los primeros juicios, los paredones de fusilamientos, la renuncia del Comandante Hubert Matos, la desaparición de Camilo Cienfuegos, la alfabetización y su estribillo, las llamas que convirtieron la tienda El Encanto en cenizas… Playa Girón y la Crisis de los misiles, los alzados del Escambray y de la Sierra del Rosario y Julián, su hermano mayor, que se fue en un bote pesquero con su mujer y sus dos niñas pequeñas, y ella llorando por temor al mal tiempo, y sus dos pequeñas sobrinas tan contentas porque iban a conocer la nieve y ella se quedó llorando por el hermano, culpado de traidor, de gusano apátrida, el hermano y su familia condenados al destierro… Veinte años después cuando volvieron a encontrase en una visita de apenas unos días, se miraron como dos extraños, habitando mundos diferentes.

Los remotos primeros veinte años marcados por las tantas guerras en países en los que Cuba, a penas un punto en la geografía, era considerada como un faro y guía de América Latina, Asia y África por su cacareada “Gran derrota del Imperialismo Yanqui en América”. Uno de los países que se coló en la boca de todos los cubanos, fue Angola…

Para Sofía Angola es mucho más que un país de negros africanos. Angola es el recuerdo imborrable de su hijo Adriano…Las lágrimas se escapan involuntariamente. Sus pasos por el tiempo la llevan a la última vez que vio su rostro... Cuando partió con su uniforme verde olivo. Solo tenía diecisiete años y su cabeza llena de sueños. Quería que el servicio pasara rápido. Soñaba con el mar y con los barcos en los puertos. Adriano quería ser marinero mercante y recorrer el mundo para regresar a la isla cargado de regalos para todos. Pero Adriano se fue a la guerra, a cumplir una misión internacionalista y allá quedó su sangre derramada en vano. Al cabo de diez años le entregaron la cajita sellada, les dijeron que en ella venían los restos del muchacho.
Era una cajita pequeña, de madera forrada de negro. Era igual a las diez mil cajitas que llegaron de regreso a casa allá por los años 90, como última remesa de la guerra en Angola. Adriano no fue escogido para representar su ciudad en el cementerio donde descansan los restos de los mártires ilustres. Solo catorce de los diez mil muertos fueron enterrados en el mausoleo de los héroes. El pobre muchacho ni siquiera era militante de la juventud comunista de Cuba cuando perdió la vida en tierra extraña. Era uno más del montón, un joven adolescente muerto cumpliendo con su deber como recluta de siete pesos cubanos, enrolado por su edad, en el servicio militar obligatorio de Cuba. Adriano no era más que un pobre soldado raso de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, que por esa época estaba empeñada en librar guerras de liberación en tierras lejanas para exportar la revolución fidelista_ socialista, a los países de tres continentes: Asia, África y América Latina, unidos por su odio al desarrollo de las potencias capitalistas, y sobre todo, por su odio a Los Estados Unidos de América.

Sofía, como la gran mayoría, nunca ha comprendido que hacía Cuba mandando a sus jóvenes a pelear en tierras extrañas, cuando siempre se han necesitado brazos jóvenes para sacar la patria del estancamiento por los desastres económicos que desde 1959 vienen azotando fuerte…

Como un relámpago pasa ante ella el año del esfuerzo decisivo, seguido por el fracaso de la zafra de los diez millones… Aunque quiera no puede evitar pensar en Chile y en la libra de azúcar que les quitaron de la cuota, ya de por si escasa: seis libras por persona al mes, en un país hecho de azúcar, en solidaridad con el gobierno de Allende y aunque han pasado más de treinta y cinco años de los acontecimientos del Palacio de la Moneda, y hace ya muchos años que el dictador Augusto Pinochet entregó el gobierno de Chile a la democracia, esa libra de azúcar no regresa a la cuota, que se ha quedado ya reducida a cuatro desde el periodo especial de los años 90.

De nada vale que el agua con azúcar, caliente o fría, sea lo máximo para comenzar el día. Ella es ya parte de lo nuevo, se ha impuesto en contra de gustos y costumbres por la falta de pan, galleta mantequilla y una buena taza de café con leche… ¿Ya quién se acuerda que ese era el desayuno predilecto del cubano, si han pasado cincuenta años en lo mismo: en acostarse y levantarse pensando cómo alimentar el cuerpo que pide calorías variadas, nutritivas, y que se ha vuelto torpe por las carencias del cada día?

Tan torpe andan esos cuerpos que caminan como autómatas cargando una jaba plástica donde echan lo que encuentren, así sea en el latón de la basura de los barrios donde viven los que tienen mucho: los que compran en la shopping y no se sientan tras las rejas a ver pasar la muchedumbre deambulando por las calles en busca de comida.

Muchedumbre que no le importa lo que digan los papeles que recogen las absurdas leyes que la privan de los más elementales derechos humanos, leyes que de tan ambiguas y absolutas, declaran ilegales a los nacidos en los campos y ciudades de otras provincias, si se atreven a mudarse para un barrio de ¨”quita y pon”; de esos que abundan en los alrededores de la capital, donde hay niños que no tienen el derecho al litro de leche que le venden en la bodega a los otros, iguales a ellos por ser menores de siete años, que han tenido la suerte de nacer legales en La Habana.

Los ojos de Sofía están marchitos y agotados de ver tanta miseria en la que cinco décadas atrás era una de las zonas más alegre de La Habana: Prado y Neptuno, famosas además por el chachachá de Enrique Jorrín que la Orquesta Aragón inmortalizó con su titulo y estribillo: La engañadora.

Desde su vieja y destartalada ventana, Sofía mira y mira y aunque no encuentre nada nuevo, ella sigue fiel, como un vigía, oteando el horizonte, y aunque nadie entienda que mira una señora de setenta años detrás de su ventana, ella está ahí: firme, esperando para ser de las primeras, en ver lo que ha de llegar algún día, a pesar del discurso y de la monotonía que persiste en enterrarla aunque esté viva.

Esperanza E. Serrano

miércoles, 31 de diciembre de 2008

La postal navideña


Valeria, sentada en el viejo sillón de la abuela, alegre se balancea. Sus ojitos brillan y su mente vuela más allá de lo posible.

En sus manitas tiene, como un tesoro muy valioso, la postal navideña que le mandaron a la abuela “de afuera”. En ella se ve un grueso señor vestido de rojo y blanco…

_”Es un viejito muy simpático este Señor con su bolsa cargada de juguetes” -Piensa.

La niña trata de recordar el nombre del viejito. La abuela le contó, que allá, en el país de los malos, donde cae la nieve, ese viejito simpático le regala juguetes a todos los niños buenos.

_ “Los deja por la noche, entrando por la chimenea, por donde se calienta la casa con candela. Le dicen Santa y algo” _ por más que se esfuerza pensando, no le sale el apellido

_ “total, eso no tiene importancia, es Santa y se acabó”,_ se dice así misma.” Lo del segundo nombre no importa. “Lo lindo es mirar la cara feliz de este abuelito repartidor de juguetes.”

_“Se ve que este señor tiene mucho dinero porque si le regala juguetes a todos los niños es porque tiene muchos, pero ¿por qué los reparte en el país de los malos y no aquí? Allí los niños tienen todo lo que quieren y dice mi abuela que hay unos parques muy lindos, como los que se ven en las películas que trajo mi tia -abuela Carmita.”

Valeria no entiende. En la escuela le dicen que allá, en ese país de las nieves, que está al norte, viven los malos, los culpables de que en Cuba los niños no tengan nada; ni ropas, ni zapatos, ni juguetes, ni comida…

_”ni papás” _ como ella, que su papá se fue “para allá y se quedó en el mar. _“Pobre mi papá, parece que le gusta más vivir en el agua que aquí con nosotros.”

En sus escasos cinco años es la primera vez que le dejan jugar por un rato con una postal navideña “venida de allá”. Su abuela se la prestó para que la mirara, pero no puede romperla, porque es un recuerdo muy lindo de la tía abuela que hace tiempo ya no está con la familia, aunque en las fiestas del último día del año siempre se habla de ella.

_“¡Cómo no van hablar si ella es la mejor de las tías abuelas del mundo. La que siempre se acuerda de mandar dinero y cosas lindas en los cumpleaños, y en estos día que se le dice adiós al año viejo y se hace una comida rica para celebrar en familia, aunque un poco a escondidas si hay carne de res, porque si la vieja del comité se entera se fastidia la fiesta”

La niña mira la postal con deseos de comérsela. Los colores le parecen caramelos y los juguetes los cree mágicos. Nunca ha tenido una muñeca ni un osito de peluche. Por más que lo desea su madre no puede comprarle ni un juguetico de esos que hay en las shoppings. Siempre dice que no tiene dinero,

_“yo no sé entonces para qué trabaja tanto, si no puede comprar nada de lo que le pido.”

“¿Cómo será eso de caminar sobre ese algodón frío que le dicen nieve y vivir en una de esas casitas que le ponen leña en un hueco y hacen fuego y no se quema nada? En ese país de los malos ni las casas se queman. Aquí, si yo quemo un papel todos me regañan y me gritan: ¡Con candela no se juega, que se quema la casa!, que va, este país no sirve ni para hacer calor cuando hay frío”

Valeria se acerca la postal a la cara. Pasa su lengüita por la nieve y por los juguetes de la bolsa de Santa.. No le gusta el olor de la postal. La separa de su carita… luego la mira desde lejos y otra vez la acerca a sus ojitos tratando de ver más allá de las figuras… Comienza a soñar que está allí, con Santa rodeada de las ardillitas y de esos ositos tan simpáticos. Cree escuchar el trinar de los pajaritos azules y amarillos y siente que cabalga sentada sobre el lomo del “bamby” , ahora le quita la bolsa de juguetes a Santa y se va corriendo en su caballito… quiere esconderse detrás de una casita..o mejor entrar por la chimenea a coger el calorcito tirada en la alfombra para jugar con todos esos juguetes…

Los deditos van separando las figuras desechando las que sobran… Casi lo ha separado todo. Se ha quedado con la bolsa de juguetes y con la casa imaginaria cubierta de nieve con una chimenea muy grande, pero no muy alta. A Santa lo coloca en un rincón de la sala de la casa de la abuela..

” Santa, te quedas bien lejos, para que me de tiempo a entrar por la chimenea” _ le grita mientras se va diciendo así misma:

“… me voy a vivir en el país de los malos para tener muchos juguetes lindos como estos...Mi mamá, si quiere, que se quede con mi abuela en este país de los buenos, donde no hay nada… Yo me voy con Santa… Me meto en la bolsa y cuando la agarre me lleva con él pensando que soy una muñeca grande…quien sabe si me deja en una de esas casas de ricos como las de las revistas de allá…”

_Valeria, ¿Qué hiciste ?_, grita la abuela desconsolada al ver que por culpa de su nieta, ahora, además de faltar los regalos, ni siquiera tendrán la postal navideña de su hermana para despedir el año.

Esperanza E. Serrano

sábado, 13 de diciembre de 2008

Sueños de navidad


Aquella mañana Laura salió más temprano que de costumbre. Miró el reloj: eran las cuatro de la madrugada. A pesar de los ejercicios de calentamiento y del baño, todavía tenía sueño. El aire frío de la madrugada la obligó a regresar a la casa, necesitaba abrigarse un poco. Al parecer el invierno llegaba temprano este año. Sacó el abrigo del closet. Lo miró con cariño. Estaba un poco gastado de las tantas lavadas, pero todavía se podía usar. Se sintió feliz. Pocas podían contar con un abrigo como aquel, que aunque viejo, todavía resolvía. Muchas ni eso tienen: un viejo abrigo para protegerse de los escasos aires invernales que cuando llegan a la isla, le erizan los pelos a cualquiera.

La muchacha camina con pasos firmes, sin preocupaciones ni miedos a pesar de la hora. En el vecindario todos la conocían. No había nada que temer. Ella ya llevaba tiempo caminando por las madrugadas a buscar la mercancía. Manuel le garantizaba los cartones de huevos cada vez que llegaban a la carnicería. Era un negocio redondo, a la mitad, entre los dos. El separaba los huevos y ella se encargaba de recogerlos y venderselos a sus clientes. Gente de confianza que le pagaban bien, sin regateos, clientes fijos desde hacía más de diez años.

Después de los huracanes las cosas estaban más dificiles de conseguir. La escasez había aumentado considerablemente, así como los riesgos ya que la persecución también había aumentado. Al que cogieran "in fraganti, nadie le quitaba de arriba unos cuantos años en la cárcel. Pero valía la pena arriesgarse para conseguir unos cuantos dolares para cubrir los gastos de las necesidades más elementales.
Laura calculaba mientras caminaba. La docena de huevos estaba a $10.00, si lograba sacar todos los que Manuel le había separado, podría darse el lujo de celebrar las navidades con sus padres y sus dos pequeños. Quien sabe si hasta le alcanzaría para comprale un juguetico a cada uno de sus hijos.

Laura pensaba en su hijita de cinco años que nunca había tenido ni siquiera un osito de peluche de verdad, ni un solo juguete de fábrica... y el niño, con sus tres añitos, sólo conocía los juguetes de palo que su tío Ramón le regalaba.
Con nostalgia recordaba su infancia. Antes, no hacía tanto, por los menos una vez al año vendían juguetes por la libreta para los niños menores de doce años. Aunque ella nunca conoció de Los Reyes Magos ni de Santa , al menos tuvo una muñeca china y dos Loretas cubanas que su mamá le consiguió después de varios días de colas. Una por cada año en que tuvieron la suerte de estar entre los primeros grupos de compra con la letra A.
"Total, _pensó _ tanto que las cuidé y terminé regalándoselas a mi sobrinita sin pensar que un día tendría una hija. Si lo hubiera pensado bien, mi hija hoy tuviera con que jugar. Ella no tiene una tía, ni nadie, que le regalara sus muñecas usadas."

Cuando dobló la esquina vio dentro de la shopping un arbolito de navidad. Le pareció bellisimo, con sus luces de colores intermitentes, sus bolas de cristal, su estrella de colores allá en la punta, casi tocando el techo. Se detuvo a contemplarlo fascinada. No sabía por que los arbolitos de navidad le hacían pensar en cosas prohibidas: en los turrones de Jijona y el mazapán que su madre siempre mencionaba cuando llegaba esta época del año. También le venía la imagen del puerco asado en púa que solo había visto en fotos de familia, de cuando se celebraban las navidades en Cuba.

_ "Este año si que será dificil que alguien pueda asar un puerco entero, como están
las cosas, cuando más, si se consigue, habrá que conformarse con un pollo para todos", pensó. Este pensamiento la hizo volver a la realidad. Tenía que apurarse todavía debía caminar un par de cuadras más para llegar a donde Manuel la estaba esperando con los huevos, ya estaba casi amaneciendo y no le convenía que la vieran con el maletín. Los curiosos le preguntarían si se iba de viaje o si regresaba de alguna visita. Se alejó de la vidriera con el firme propósito de traer a los niños por la noche para que vieran el arbolito. A lo mejor hasta les inventaba alguno para que aprendieran a celebrar la navidad y no le pasara como a ella, que creció sin arbolitos y sin canciones navideñas.

Laura caminaba de prisa sin dejar de pensar ..."Las vueltas que da la vida,_ se decía_ tuve hasta más de tres juguetes al año, y un televisor ruso en blanco y negro con Elpidio Valdés y el payaso Ferdinando que daba más deseos de llorar que de reir pero no tuve arbolito, ni navidades, ni reuniones familiares con un puerco asado en pua, ni turrones de Alicante ni de Jijona..."

Sus hijos nacieron en una época en que ya no le venden ni tres juguetes al año a cada niño por la libreta. Solo por dolares se consiguen en la Shopping y están carísimos. Pensó en su salario de maestra. No le alcanzaba ni para empezar, mucho menos para gastos extras por las navidades aunque fuera una vez al año. Si quería darle de comer a sus hijos y a sus padres, no le quedaba mas alternativa que seguir traficando con las cosas robadas que le traían sus amigos y compañeros de estudios y de trabajo. La pensión de retiro de los padres más su salario no llegaban a $30.00 al mes. Con eso no hay quien viva, sobre todo cuando hay niños pequeños. Pensó en Andrés, el padre de sus hijos. Unas lágrimas se le escaparon sin que pudiera evitarlas. Hacía tres años se había lanzado al mar en una balsa con la idea de reclamarlos.

Apuró el paso. Cambiando de pensamiento volvió a sus cálculos: "Para celebrar estas fechas navideñas hay que inventar de verdad. Los turrones cuestan muy caros. Tendré que escoger entre un turrón o un pedazo de puerco...Deja ver como sale el negocio de los huevos... A lo mejor Tico me puede traer las cajas de tabaco Cohiba que le encargué para vendérselas al tío de María que vino de Estados Unidos y quiere llevarse tabacos cubanos de calidad.."

Al fin llegó hasta el patio del viejo almacén que se comunicaba con las ruinas de lo que antaño fue el teatro municipal, y que ahora era el punto preferido de los traficantes para recoger las mercancías que luego venderían a escondidas sus clientes. Se tropezó con Fulgencio que salía apurado con una jaba llena de sobres de café. Se saludaron con una sonrisa y un guiño cómplice, sin detenerse.
La muchacha pudo distinguir en la penumbra la silueta de Manuel con el maletín.
Apresuró el paso hasta llegar a él. Lo saludó con la sonrisa de siempre. El le reclamó que llevaba horas esperando por ella, que se estaba arriesgando para ayudarla, que la cosa estaba muy delicada que tuviera cuidado al salir, y que acabara de cumplir lo que le había prometido. Volvió otra vez con la cantaleta de siempre y con las mismas mañas de toquetearla un poco, le dijo que tenía deseos de estar con ella, que se acabara de decidir, que la esperaría por la noche en uno de los cuartos que su amiga Luisa alquilaba para esos menesteres en su propia casa. Para recordar los viejos tiempos. Solo que esta vez, si le fallaba, se acabarían los huevos, los pollos y la carne que le conseguía. La muchacha agarró el maletín, le pasó la mano por la cara y le dio un ligero beso en los labios. Lo miraba zalamera mientras le decía:
_ "Lo que tú quieras, papito. Si le puedo dejar los niños a mi mamá, allí estaré a las nueve. No te olvides de llevar música y una botella de Habana Club. Piensa en lo que le inventarás a tu mujer porque esta vez quiero pasar la noche entera contigo. Si es por un ratico nada más, y apurado, no hay trato. Tú sabes que yo, cuando me embullo, me gusta a lo grande, y no de corre corre."
Siguió mirándolo coqueta y picarona, por un par de minutos mientras él se volvía todo nervios y balbuceos. Le dio otro beso de despedida mientras le acariciaba el pecho con zalamería femenina.
Por experiencia sabía que él no iría a casa de Luisa. Juana, su mujer, era demasiado celosa o lo conocía muy bien y no le permitía dormir fuera del hogar. Estaba más que segura que las cosas no pasarían de ser, si acaso, un deseo reprimido de parte de él..Quien sabe si el decía esas cosas por pura costumbre machista típica del cubano que piensa que debe enamorar a cuanta mujer se le para delante y más en un caso como el de ellos que tuvieron una relación de años cuando ambos no tenían hijos ni estaban casados.

Afuera la luz del alba se iba adueñando de todo. Laura salió precipitada del teatro cruzó la calle y dobló en dirección contraria a su casa. A ultima hora había decidido repartir primero la mercancía, aunque tuviera que faltar al trabajo. Recorrió los puntos entregando los encargos apresuradamente. Intencionalmente dejó para el final a la Dra. Rosa. La gente la vería salir de su consultorio. Eso podía ayudarla en caso de que alguien dudara de su "enfermedad". Con la Dra. no había problemas. Si le dejaba los huevos en $9.95 seguro que le daba un papel de justificación para presentarlo en la escuela. Por un momento pensó mejor pedirle un certificado de reposo por una semana aunque tuviera que rebajarle cincuenta centavos a cada docena de huevos, pero no, imposible, esta vez tenía que conformarse con la justificación del día. No podía darse el lujo de perder ni un centavo más en el negocio. Pensó en sus alumnos. Otro día más que pasarían con la auxiliar de limpieza, sin recibir clases y haciendo cualquier cosa. A lo mejor tenían suerte y los llevaban para el museo o para el parque a jugar. "Allá la escuela que se las arregle como pueda". Luego continuo con su soliloquio:
"Si pagaran mejor yo no anduviera en estos rollos. Estaría todavía en mi cama acurrucada, sin este frío que me cala los huesos, sin estos huevos que me traen sofocada y sin esta angustia de no tener ni un quilo para celebrar la navidad aunque sea una vez en la vida, como se hacía antes, para que nadie me cuente, y para que mis hijos vivan la ilusión de que existen tres Reyes Magos que una vez al año recorren las calles del pueblo, entran en las casas con sus sacos llenos de juguetes para dejarles regalos a los niños buenos".

Mientras caminaba con la mente ocupada en las navidades y en los Reyes Magos se olvidaba de todo... Como de costumbre, tocó en la puerta del consultorio para dejar los últimos cartones...Solo que esta vez llegó en un momento demasiado inoportuno. Adentro dos policías estaban haciendo un registro. Alguien le había informado a la jefatura de la unidad que en el refrigerador del consultorio la Dra. tenía pomos de puré de tomate, hecho en casa, para venderselos a sus pacientes a precios del mercado negro.

Esperanza E. Serrano
Dic.. 2008

lunes, 1 de diciembre de 2008

Desarraigo vital.


La muchacha llevaba horas con la Carta Blanca en la mano.

Temprano en la mañana pasó por las oficinas de inmigración a recogerla. Esa carta era casi el trámite final para su salida legal del país.

Ahora que estaba a punto de lograr sus sueños, le temblaban las piernas. Sabía que ese temblor no lo provocaba el temor a salir de Cuba para un país extraño donde se habla otra lengua que hay que aprenderse de verdad si se quiere triunfar; tampoco lo provocaba el miedo al cambio, a lo desconocido, a vivir en un lugar donde no se tiene familia, ni amigos, solo un puñado de conocidos.

Ya había pensado y sopesado todo eso antes de lanzarse a la aventura de comprometerse con un casi desconocido ciudadano cubano-americano que le propuso matrimonio para ayudarla a salir del país.

Temblaba de miedo, por no saber cómo decirle a sus padres que había contraído un compromiso formal con José Alberto, el nieto de Andrea. No sabía cómo explicarles la forma en que obtuvo la visa de fiancé que la autorizaba a entrar a Estados Unidos y permanecer legal por tres meses en los que estaba supuesta a casarse legalmente con el novio que la reclamó. Novio que ella a penas conocía aunque se había acostado con él varias veces.

La decisión estaba tomada. La vida en Cuba se le hacía insoportable. Tenía 25 años y un titulo universitario. Recién había terminado su servicio social en la secundaria del pueblo Las Terrazas, en Pinar del Río.

Desde pequeña muchas veces se dijo a sí misma que no quería una vida como la de sus padres. Ambos profesores, profesionales con doctorados, quienes para poder comer todos los días tenían que "inventarla" fabricando lámparas con poliespumas y pedazos de botellas de vidrios de diferentes colores, escondidos por las madrugadas para que los vecinos no los vieran. Viviendo siempre con el temor de que Nina, la presidenta del CDR, a quien ya le habían regalado más de tres lámparas para mantenerla callada, un mal día los delatara con la policía. Ellos no tenían licencia para trabajar como artistas artesanos independientes. Cada vez que la solicitaban era la misma respuesta: "ustedes son profesionales, las licencias se las damos a los que no tienen trabajo, a los artesanos artistas".

¡Como si sus padres no fueran verdaderos artistas en eso de las lámparas y en las ventas a escondidas!" Ventas ilegales, que le permitían asegurar el pan de cada día y hasta la ropa y los zapatos...

Ella sentía que no había nacido para continuar con esa vida mediocre en un país donde no se puede ni hablar, y se vive con la angustia de tener siempre varios ojos vigilándote, rodeándote; con vecinos siempre pendientes hasta del olor que sale de tu cocina. Esa vida donde trabajas, horas y horas por un mísero salario en tu profesión que te gusta pero que no puedes ejercer libremente porque hasta para investigar hechos históricos ocurridos en el país antes y después de la Revolución, tienes que tener el permiso oficial del Partido Comunista, y si lo consigues, debes, periódicamente informar qué haces, qué has revisado, qué has encontrado y cuando crees que has logrado algo importante, viene la censura y le quitan y le ponen lo que ellos entiendan y luego te dicen que debes esperar , que no hay condiciones ahora para publicar tu libro porque todas las imprentas del país están muy ocupadas cumpliendo con sus planes quinquenales de publicaciones de libros de texto...

El deseo de irse del país la estaba rondando desde mucho antes de conocer a José Alberto. Lo había decidido desde que estaba en el pre, solo que no había tenido la oportunidad de hacerlo.

Con todas estas ideas que iban y venían y la tenían a punto de estallar en llanto, la joven se sentía acorralada. Pensaba en sus padres, ya viejos, cansados de trabajar toda una vida para nada.

Para ella la única solución que podría cambiarlo todo, era su salida del país. Estaba convencida de que una vez que estuviera en tierra norteamericana, tendría que trabajar fuerte, superarse, lograr estabilidad económica, hacerse ciudadana americana y para luego reclamarlos. Había calculado que estarían separados por un promedio de seis a diez años con la posibilidad de dos o tres visitas legales de ella a la Isla. En ese tiempo podían pasar muchas cosas, pero había que arriesgarse. Estaba muy convencida de que no vale la pena vivir en una tierra que no sientes como patria porque no respetan tus derechos humanos, en la que sientes tu dignidad violada constantemente y no puedes hacer nada para evitarlo porque es la herencia social que te ha tocado al nacer allí, donde todo está decidido de antemano por quienes ni siquiera conoces.

Lo había pensado durante mucho tiempo. Todo estaba bien calculado. Pero sentía que algo se desgarraba dentro de ella y ese algo estaba muy relacionado con sus padres.

Ellos tuvieron la oportunidad de irse cuando eran jóvenes, cuando ella no había nacido todavía.. No lo hicieron por amor a la tierra donde nacieron y porque creyeron que de verdad estaban construyendo una sociedad mejor.

Al igual que muchos, ellos también se creyeron el cuento de la nueva sociedad justa y equitativa. Cuando descubrieron la mentira, ya era demasiado tarde. El hombre nuevo se les escapó de las manos. Por suerte ninguno se parece al Che. El hombre nuevo cubano vive del "invento" o se lanza al mar en busca de libertad, libertad por la cual muchos han perdido sus vidas en el Estrecho de la Florida y en otras zonas de los mares abyacentes.

A estas generaciones de hombres nuevos les ha tocado crecer sin juguetes, sin ropas sin abrigos, sin comida y sin risas. Son unas cuantas generaciones sin voluntad propia, que han crecido escuchando y repitiendo las célebres frases: " esto cada día está peor, no hay quien lo arregle, pero tampoco hay quien lo tumbe". Frases condenatorias que conllevan a la resignación, a la inacción, al conformismo, al estatismo; frases propias de una sociedad en la que se vive con miedo porque no se sabe quien es el que está a tu lado, donde se sospecha de todos y de todo; sociedad fragmentada, dividida y enfrentada.

Cuando todas esas imagenes y razonamientos terminaron de desfilar por su mente juvenil, se levantó de la cama y se fue directo a hablar con sus padres.

Estaba hecha un manojo de nervios, escalofríos y temblores, pero tuvo el valor de mostrarles la Carta Blanca que llevaba en la mano; valioso documento, cual estandarte o llave mágica que le abriría todas las puertas...

Lástima que la muchacha en sus cálculos no tuvo en cuenta el dolor de la separación, ni la nostalgia que se adueña del que vive desterrado.

Tampoco calculó el sufrimiento y la agonía diaria de sus padres.

El dolor por la ausencia y por el derrumbe total de la familia..

Los años han pasado y las cosas nunca han sido como se imaginaron.

Los viejos solo la han visto en dos ocasiones, ni siquiera conocen a sus nietos.

Y lo peor, ya la hora final se anuncia en los papeles escritos por los médicos donde se menciona una enfermedad letal que les está tocando en la puerta...

Esperanza E. Serrano

martes, 18 de noviembre de 2008

"Soñar no cuesta nada"


"Soñar no cuesta nada"

Dicen que soñar no cuesta nada. Quizás por eso Aurelia se la pasa soñando con un turista rico que la saque de Cuba.

Nació en un humilde pueblo de campo, mas bien un batey de lo que antaño fuera un productivo central azucarero, y que ahora solo es la ruina de un pasado mejor.

La miseria del cada día obligó a sus padres a no tener otros hijos. Quizás por eso ella siempre se creyó princesa, aunque anduviera con los pies descalzos y la cabeza rapada para evitar los piojos que llenaban las paredes del aula en su escuelita perdida en el monte.

Cuando le llegó la adolescencia y tuvo que internarse en una escuela en el campo para continuar los estudios secundarios, con apenas doce años y ya la pubertad a flor de piel, conoció a Wilfredo; el profe de matemáticas que le enseñó, no los números y las ecuaciones que nunca le interesaron, sino el sexo libre y por la libre.El sexo que produce placer aunque carezca de sentimientos, aunque se sea una niña y todo parezca extraño.

Con doce años y sin haber tenido aun su primera menstruación, ya la linda Aurelia sabía tanto como cualquier meretriz de la antigüedad. A los catorce su profesor de historia, Clemente Hidalgo, un habanero cumpliendo el servicio social allá en el monte, le aseguró que ella era mejor en la cama que la misma reina Cleopatra..

Clemente se hizo amigo de sus padres y los convenció para que se mudaran para La Habana, porque allá les iría mejor. Sin muchos esfuerzos los ayudó a que dejaran todo por detrás para que aprovecharan el talento de la linda niña privilegiada. Estaba seguro que sería un buen negocio. Los turistas españoles, italianos, canadienses....pagarían una buena suma por unas horas con ella en un buen hotel de Cuba.

Cuando Aurelia cumplió los 16, el negocio iba muy bien. Clemente manejaba un carro remodelado quien sabe cuantas veces: un Chevrolet del año 1950, ahora pintado de negro y con algunas piezas plateadas muy brillosas que despiertan la envidia de cualquiera.

Con solo 16 años ya la otrora niña logró uno de sus sueños: acomodar a sus padres y que no les faltase nada. Ellos están felices, orgullosos de su hija.Viven en un apartamento pequeño allá en la zona del viejo Vedado. Apartamento que un turista italiano le dejó a la niña después de negociar con su dueña, una señora mayor que se iba del país la cual, ayudada por la jefa de la Dirección de Viviendas de La ciudad de La Habana, pudo violar las leyes para venderselo aunque en los papeles apareciera legalmente que se trataba de una permuta, de una casucha en un batey en un pueblo perdido en el interior de Oriente por un apartamento en el Vedado.
Maravillas del socialismo que despierta y hace posible la magia de los sueños de vivir en La Habana violando las leyes absurdas, usando los dolares para abrir las puertas cerradas, tumbar las murallas y burlarse de todos.

Aurelia se mira al espejo y se siente irresistiblemente atractiva. Sabe que es muy bella. Su cuerpo de gacela, su pelo largo, sus ojazos negros y la sensualiad que emana de la cadencia de sus caderas al caminar por las viejas y mugrientas calles de La Habana Vieja, que le quitan la respiración a cualquier hombre a cualquier hora del día o de la noche cuando ella pasa en su ir y venir en busca de clientes extranjeros, la estimulan a seguir soñando. Los piropos que le susurran al oído sus admiradores la mantienen viva en su empeño por alcanzar la libertad. Ya Clemente le molesta, ya no soporta que se quede con la mayor parte del dinero que ella gana acostándose con los viejos extranjeros que le dicen que ya está perdiendo facultades. Ya está llegando a la edad de las mujeres y ellos prefieren las niñas con caritas de ángeles y ojos asustados.

A Aurelia no le queda más que soñar con ablandarle el corazón a un buen turista, aunque sea un viejo muerto de hambre, para que se case con ella y la saque de Cuba... quiere librarse de las pesadillas del hambre pero sobre todo, de los tantos cuerpos sin rostro que han dormido con ella en los tantos hoteles exclusivos para extranjeros que circundan los cayos y playas de Cuba, cual trofeos de los tantos logros de la revolución castrista...

Esperanza E.. Serrano

martes, 11 de noviembre de 2008

Paloma, otro huracán.


Viviendas precarias de madera. Casas viejas que alguna vez fueron el orgullo de la ciudad de Santa Cruz del Sur, en Camagüey, Cuba. Casas que se construyeron con orgullo, con tesón desafiante como venganza de aquel ciclón de 1932 que se lo llevó todo y los dejó en la calle. Aquel histórico ciclón que se hizo famoso en todo el país por los daños que causó y que una década después algunos hasta se alegraron de su paso cuando estrenaban sus lindas casitas de madera techadas con tejas y pintadas con colores alegres, tenues, suaves, dando paso a un nuevo ciclo, a una nueva historia para los humildes habitantes del pequeño pueblo costero.

Nacieron nuevas generaciones y crecieron escuchando las historias del paso del ciclón. Las pérdidas humanas, los traumas psicológicos que sufrieron algunos que no pudieron recuperarse porque no encontraron resignación y consuelo para vivir sin sus seres queridos. Pero lo que más les gustaba escuchar a los niños y a los jóvenes eran las anécdotas de cómo de todas partes les llegaba la ayuda y cómo se unieron los vecinos para reconstruir el pueblo. Largas jornadas en las que se empataban los días y las noches trabajando duro en la construcción de las casas, las calles, el parque, en el perfeccionamiento de los acueductos y todos los servicios de la ciudad.

Cuando el pueblo quedó totalmente reconstruido, los vecinos le dieron gracias a Dios y a todos los que no los abandonaron y les hicieron sentir la solidaridad humana y el consuelo de que no todo estaba perdido.

¿Se repetirá la historia en Santa Cruz del Sur? ¿Se podrá levantar otra vez de sus escombros y renacer con la belleza y la alegría de hace casi setenta años? ¿Podrán los niños del presente contarle a sus hijos sobre heroicas hazañas de cómo recuperaron sus casas, sus juegos, sus ilusiones que les permitió crecer en la misma tierra donde nacieron? ¿ O tendrán que emigrar a lo desconocido buscando el pan que allí se les niegue?

Esperanza E. Serrano

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